RAFAEL CANTERO MUÑOZ

"Enjalbegar" para la Virgen


Cuando el quince de agosto se aproxima, la ciudad se moviliza para preparar y prepararse de cara a la celebración de la festividad de Nuestra Señora del Prado, y participar en las fiestas que en su honor celebra la ciudad, continuadoras de las ya desaparecidas, pero prestigiosas y renombradas ferias de ganado.

La Corporación Municipal se afana en presentar un programa de festejos a gusto de todos, la Hermandad de la Virgen del Prado y el Cabildo Catedralicio se encargarán de dar el contenido religioso a la celebración, y los ciudadanos de a pie, los devotos de Nuestra Señora la Virgen del Prado, patrona de Ciudad Real, también preparan sus atuendos y moradas para la llegada de la feria.

Era costumbre de siempre, de toda la vida, que al llegar la festividad de la Patrona de la ciudad, se mejorase la imagen de nuestras casas, para que lucieran más bellas y fuesen mas acogedoras a los ausentes que al llegar estas fechas, volvían a su ciudad para disfrutar la feria y visitar a su amantisima Virgen.

En la Ciudad Real, de calles estrechas, largas y casas blancas, era imperdonable que llegada la festividad de la Virgen del Prado, no se enjalbegarse ó encalase la fachada de la casa, porque la alegría y fuerza de la cal, que es la luz que a veces oculta la humildad y sencillez de las viviendas y la pobreza de los corrales, era como el pregón que anunciaba que las fiestas se acercaban, que la procesión de la Virgen era cuestión de días. Los Ciudarrealeños y visitantes al pasear por las aceras, percibían como los tapiales y fachadas recién enjalbegadas, con su resplandeciente blancor, se pavoneaban en su sencilla vanidad.

Con la blancura inconfundible de la cal y su característico olor, se mantenía esa fidelidad a la belleza de nuestras calles y el rito anual de felicitar a la virgen habiendo encalado y embellecido nuestros hogares, haciéndolos más hermosos y hospitalarios. Era el hermoso pregón de ferias de los viejos habitantes de esta ciudad de reyes.

Era estampa habitual y propia de estas fechas, ver a mujeres y algún que otro hombre, salpicados sus rostros y ropajes con goterones de cal, subidos a una escalera y brocha en mano, enjalbegando -con la ilusión de un niño en vísperas de los Reyes Magos- las fachadas con cal. Esas paredes construidas a base de tierra apisonada golpe a golpe, que al ser encaladas de blancura, ocultaban la pobreza de sus materiales y orgullosas lucían su belleza produciendo destellos de blancura por doquier.

Con la evolución y modernización de la sociedad actual, muchas costumbres y tradiciones han pasado al desván de los olvidos. El inigualable y característico color blanco, que producía la cal al jalbegar una pared, dando con ello personalidad a nuestros pueblos y ciudades, tristemente esta siendo sustituida por la pintura plástica, que es más cómoda, mancha menos, se pinta mejor y dura más, pero no es lo mismo.

Ya ha quedado en el baúl de los recuerdos la voz del vendedor de cal, anunciando su mercancía al grito de: “a duro el quintal y a seis reales la arroba”, su vieja y práctica romana, no volverá a pesar la cal que le solicitaban las mujeres que salían a comprársela para los blanqueos agosteños de cada año; nuestras mujeres, no tendrán que meter los trozos de cal viva en ninguna tinaja cubierta de agua, para que al contacto de las piedras de cal con el agua,  ésta hirviese con grandes borbotones, hasta que las piedras de cal se cuarteaban y quedaban pastosas, y una vez removidas con un palo y pasadas a un cubo de zinc, tras añadirle un poco de agua, quedaba la cal lista para enjalbegar.

Todo este proceso nos lo evita la pintura plástica, e incluso la moda de embellecer las fachadas con el alicatado de baldosines hasta el techo; pero no es lo mismo.

Javier Segovia, en su popular y costumbrista canción titulada “se ha perdido otro pueblo” decía:

Yo no sé, si se han fijado

que ahora en la mañana

no nos hace despertar;

la voz del gallo:

ni de la campana,

ni del labrador,

ni del carro lento

que se perdió.

Y le podríamos añadir, que también nos hemos quedado sin el hermoso pregón de feria, que cada año y puntual a su cita proclamaba por todas las calles, portillos y callejones la CAL; esta cal que olía a feria, a devoción mariana, a huéspedes, a toros, caballitos y traca. No faltaran los pregones desde el balcón consistorial, lanzados por literatos y políticos, con bellos y elocuentes textos, pero no es lo mismo.